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EL SECRETO TERRORÍFICO DE PAPÁ NOEL

POR LUCANO DIVINA PUBLICADO 22-12-2013
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He recibido información clasificada que compromete al espíritu de la Navidad. Sostuve una reunión en el Polo Norte, a comienzos de este mes de diciembre, con un reno de nariz roja que me reveló lo que hoy les contaré. Su nombre era Rudolph J. Snowden. Trabajó por más de veintitrés siglos jalando y liderando el trineo que le lleva obsequios a los niños alrededor del mundo, hasta que descubrió un espeluznante secreto: su exjefe, Papá Noel, es el mandamás de la Agencia Navideña de Seguridad (NSA, por sus siglas en inglés).

Rudolph empezó a ser unos de los protagonistas de la mitología navideña cuando, en una Nochebuena, una feroz tormenta de nieve de proporciones nunca antes vistas casi impide el despegue del trineo de Papá Noel. Las aerolíneas habían cancelado miles de vuelos. El tráfico vehicular había colapsado. Los techos de algunas casas se habían desplomado. Apagones de largas horas se apoderaron de las ciudades. Los impuntuales respiraron aliviados porque por fin tuvieron una buena excusa que no les tocó inventarse. Mamá Noel intentó aplacar la crisis nerviosa que estaba teniendo su esposo, preparándole una sopa de brócoli; pero lo único que pudo evitar un ataque al viejo corazón de Papá Noel fue la nariz roja del reno más famoso del planeta.

Durante mucho tiempo fue el objeto de todas las burlas en su manada. En los establos incluso lo apodaron ‘Payasito’ y ‘Resfriado’. Rudolph fue víctima de matoneo laboral, por ello siempre maldijo a su nariz colorada que lo hacía diferente. Solo cuando Papá Noel, en aquella Nochebuena recargada de nieve, le hizo caer en cuenta que su supuesta maldición era en realidad un don, su autoestima dio un vuelco absoluto. Su nariz roja que alumbraba como la luz de navegación de un avión, se convirtió en el faro que guió al trineo en la tormenta. Ningún regalo se quedó sin entregar. Fue el héroe de esa Navidad.

También va a ser el héroe de esta Navidad, aunque Papá Noel lo considerará un traidor. Rudolph Snowden me entregó un disco duro con documentos clasificados como de alto secreto navideño sobre varios programas de la NSA, incluyendo el más terrorífico: el programa de vigilancia infantil NAUGHTY.

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Pensé que la ‘yerba mágica’ que le daba Papá Noel para que volara en cada veinticinco de diciembre, habían atrofiado las neuronas de Rudolph. Si bien es cierto que el viejito pascuero no es confiable debido a su historial criminal de traspasar propiedad privada y de cruzar fronteras internacionales sin un pasaporte válido, acusarlo de abuso de poder me pareció un tanto excesivo.

—♪ Te observa cuando duermes, te mira al despertar. No intentes ocultarte de él, ya que siempre te verá… ♪♫ —, fueron las primeras palabras de Rudolph, mientras él me cubría la cabeza con un peculiar sombrero hecho en papel de aluminio.

Minutos antes había podido reunirme con el famoso reno, después de encontrar un cubo de Rubik enterrado en la boca de un glacial del Polo Norte, tal como me lo indicó en las instrucciones de su enigmático correo electrónico para lograr esta cita nocturna. Fue mi señal para entrar a una especie de cueva de hielo, donde muy en el fondo de un largo pasadizo titilaba una rabiosa luz roja.

—♪ Él sabe de ti, él sabe de mí. Él lo sabe todo. No intentes huir. Santa Claus llegó a la ciudad… ♪♫

Quise interrumpir su pegajosa tonada navideña, pero Rudolph me pidió silencio poniéndose una pezuña sobre su hocico. Enseguida me señaló mi teléfono móvil para que se lo entregara, a lo cual accedí, y lo guardó al interior de un refrigerador.

—¿Un refrigerador en el Polo Norte no es como un calentador en el Infierno?

Rudolph disimuló una sonrisa, solo dejó ver una pizca de su estado de ánimo cuando su nariz dejó de titilar y dijo:

—Depende, Comandante Macondo. Si el calentador también bloquea el rastreo de la NSA a tu teléfono móvil para cuando me visites en el Infierno, entonces la respuesta es sí.

La cueva de hielo se iluminaba al vaivén del estado de ánimo de Rudolph, reflejado en su nariz roja. Titilante era sinónimo de ansiedad, paranoia, nerviosismo, preocupación, rabia; apagada era depresión, tristeza, abatimiento, pesimismo, melancolía; prendida era felicidad, seguridad, sensualidad, confianza, ilusión. Al inicio de nuestra conversación, estaba encendida.

—¿Estás consciente de que lo que esto hará con tu carrera navideña?

—Sí. Creo… —dijo Rudolph, a la vez que su nariz centelleó un par de veces.

—Tendrás que escapar del Polo Norte apenas publique lo que tú…

—Comandante Macondo —me interrumpió —, yo no quiero vivir en una sociedad navideña que haga ese tipo de cosas.

—Soy todo oídos…

Por unos eternos segundos, la cueva de hielo quedó a oscuras.

—Papá Noel está violando la privacidad de los niños en nombre de la Navidad.

—Pero… esa es una historia vieja que a los humanos no parece importarles.

—¡Les está dando regalos a cambio de que pierdan el derecho constitucional a la privacidad! —exclamó Rudolph al tiempo que su nariz brilló de tal forma que la cueva de hielo parecía el interior de un submarino navegando de noche.

—Lo mismo están haciendo los supermercados con las tarjetas de puntos: los compradores revelan sus hábitos de compra a cambio de una acumulación de puntos para reclamar una baratija. Lo mismo están haciendo las aerolíneas con los planes para los viajeros frecuentes, los almacenes de ropa con los descuentos para los compradores más consumistas, Foursquare con las alcaldías virtuales para los clientes presumidos, Facebook con las fotos de tus amigas exhibicionistas para tu insaciable voyerismo... Y a nadie parece importarle.

—Esto es diferente, créeme.

Rudolph apagó su nariz, cabalgó hacia las afueras de la cueva de hielo y alzó vuelo. No volví a saber de él. Pero justo antes de despegar, me entregó un paquete empacado en un papel de regalo que tenía dibujada la risa de Papá Noel –¡Jo, jo, jo!–. Embargado por la curiosidad, rompí la colorida envoltura y me topé con un disco duro que tenía forma de arbolito de Navidad.

Como lo dijo Rudolph, este caso de espionaje sí es diferente. Es bien sabido que Papá Noel divide a la población infantil en buenos y malos. Lo que nunca se había logrado descifrar, ya que había sido guardado como un secreto de estado del Polo Norte, era el método de evaluación del viejito pascuero para dejar a un niño sin regalos. La humanidad ha supuesto que el reporte anual de conducta dado por los padres era su único referente, pero, según los documentos clasificados que tuve la fortuna de analizar, la realidad es muy distinta.

Papá Noel, a través de un sofisticado programa de vigilancia bajo el nombre de NAUGHTY, escucha las llamadas de los bromitas, monitorea los chats donde se despotrica de un profesor, lee los memes que se burlan de un compañero del colegio con sobrepeso, inspecciona que los historiales de navegación en internet no tengan visitas a páginas porno. A diario, supervisa millones de comunicaciones de los niños de cada rincón del planeta, a la caza de cualquier dato que pueda servirle para clasificar comportamientos según su concepto de moral, luchar contra el terrorismo navideño, identificar a las voces críticas de las fiestas decembrinas, incrementar su nivel de influencia mundial, conocer los secretos industriales de los demás competidores como el Niño Dios o, sencillamente, para tener a la mano información que alguna vez podrá necesitar.

Él sabe de ti. Él sabe de mí. Él lo sabe todo. No intentes huir. Él todo lo apunta. Él todo lo ve. Te sigue los pasos. Estés donde estés. Santa Claus llegó a la ciudad y a tu teléfono, a tu tableta, a tu computador, a tus pensamientos, a tu privacidad, a tus pecados todavía no cometidos… No importa que siempre te hayas portado bien, porque, de ahora en adelante, tú eres culpable hasta que se demuestre lo contrario.

Hasta una próxima verdad humanamente irracional, Amigos de lo Salvaje y espías de la NSA.

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Comandante Macondo de la Revolución Animal

Selvas de Suramérica, diciembre 22 de 2013


* Si te apetece un delicatesen de estupideces humanas, la recomendación del chef es que leas su libro ‘El Príncipe Azul abre puertas, el Bufón abre piernas’, el cual encuentras en iBooks, Amazon, Google Play y Kobo (English version available).

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